De uno de los primeros apuntes del diaro personal del P. Kentenich, cuando solo tenía un par de años de sacerdote (Ejercicios, 1913):
“Entretanto me designaron Director Espiritual de nuestra casa de estudios. Puesto de gran importancia y responsabilidad. Toda mi vida y mis esfuerzos deben orientarse continua y enteramente hacia la salvación de las almas y la gloria de Dios…Toda mi actividad educadora debe tener por meta un amor ardiente y práctico por la Eucaristía, una devoción entrañable y caballerosa a María y un celo apasionado por la salvación de las almas.
Cuanto más perfecto seas tú mismo en estos tres puntos, cuanto más te esfuerces por la perfección que te pide tu estado, tanto más fecunda será tu actividad. Lo que te falta en edad y experiencia, lo suplirán tu meta y tu ideal divinos.”
En los Ejercicios Espirituales de 1917 escribe en latin (lo traducimos):
“Quiero hacerme todo para todos, a fin de que como instrumento de la bienaventurada Virgen, Reina excelentísima y Madre mía amantísima, gane para Cristo a todas las almas, principalmente las de los jóvenes”
Y un texto del 31 de Mayo de 1949, de la homilía pronunciada en Bellavista:
“recuerdo cómo todo ha ido creciendo: todo es un regalo extraordinariamente grande que el Padre Dios me ha dado: la mentalidad orgánica opuesta a la manera de pensar mecanicista. Esta fue la lucha personal de mi juventud. Esta fue la lucha personal de mi juventud. En ella pude vencer aquello que hoy conmueve a Occidente hasta en sus raíces más profundas. Dios me dio inteligencia clara. Por eso tuve que pasar durante años por pruebas de fe. Lo que guardó mi fe durante esos años fue un amor profundo y sencillo a María. El amor a María regala siempre de por sí esta manera de pensar orgánica. Las luchas terminaron cuando fui ordenado sacerdote y pude proyectar, formar y modelar en otros, el mundo que llevaba en mi interior. El constante especular encontró un saneamiento en la vida cotidiana. Este es además el motivo por qué conozco tan bien el alma moderna, aquello que causa tanto mal en Occidente. ¿A quién debo agradecer todo esto? Viene de arriba. Sin duda de la Sma. Virgen. Ella es el gran regalo. De este modo pude, además de la enfermedad, experimentar también en mi propia persona, y muy abundantemente, la medicina…”